Historical fiction
Literary novel
Elżbieta Cherezińska
Sidonia: One’s Word Is One’s Bond

Witch or noblewoman? Curse or coincidence? A new novel by the bestselling author of historical fiction

Historical fiction
Literary novel
Elżbieta Cherezińska
Sidonia: One’s Word Is One’s Bond

Witch or noblewoman? Curse or coincidence? A new novel by the bestselling author of historical fiction

(For excerpt in Spanish, please, scroll down)

“Wait, one moment! What does the accused have on her back?”

Hindenborch stands and approaches me, bends over and prods my shoulder blades as if I were a mare at the market, before saying with surprise: “It’s a hunchback.”

“A hunchback that she did not have before,” declares Plonnies, and without taking his eyes off me, he says to the scribe, “Note that down.”

“It’s a sign. The devil marked her this way,” says Protonotary Petersdorf.

“And for years, the devil concealed it for her,” says Plonnies with a nod.

It wasn’t the devil – it was me, my Metteke and skilful tailors. Eye-catching ruffs, hair worn loose down my back, short capes, high collars. Fools. You’re such fools.

“When did the accused learn magic?”

“When did the Doctor learn to read? When did he learn to write?” I mock him in my head.

“Fourteen years ago,” I say and turn my head as far as the shackles allow so I can look at them. Speak to them.

“She admitted it,” I hear them say triumphantly to each other. “Yes, she admitted it.”

“Would the Torturer please bind the witch’s eyes,” orders Theodore Plonnies.

Yes. I have just become a witch. Thanks to the Spanish boot and the rack, I said in my own words that I am one. From this point on, one glance from me can kill or lay a curse or heaven knows what. My eyes must be closed.

Joachim bends over me. How good that it’s him. Despite the pain, I really wouldn’t want to see those imbeciles now. I can share this agony only with him. His fingers are delicate and tender, the black blindfold approaches my face, the last thing I see are his dilated pupils.

“Where did the accused learn to work magic?”

“In the convent,” I say. “In Marienfließ. Among the convent damsels.”

Otherwise I wouldn’t have lasted a day there, those hags would have been the death of me. The further away I am, the better I understand the essence of what divided us and heightened their dislike for me. My noble origins. Money, deadly guldens, repaid by my damned brother, which I used to order the construction of a house for me. Their stupidity and aversion to any kind of knowledge. They didn’t want to learn, those nunnery slags, so they chose to persecute me because I had too many books.

“Did the devil Chim do anything else for you, apart from inflicting pain on your victims?”

“He comforted me,” I say with relief.

“How?”

“He said I would be freed.”

“Indeed. Witches often confess this,” says Plonnies to the judges, as if I weren’t there.

“Freed by death!” I shout, trying to shake his belief that he knows anything, that he understands anything at all.

I am surrounded by the abyss. I am swallowed by blackness, falling, falling. How I yearn to no longer feel.

“How did the accused harm Trina Pantels?”

The memory of that thief rekindles a little strength in me.

“I gave her medicine,” I say. “And later she stole my shawl, that ingrate.”

“Medicine?” asks one of them, but I can no longer tell their voices apart. It might be the old priest Barnim, the braggart Schwalenberg, Flemming the redhead, or even the Saxon Lioness. It’s all the same to me. I am pain. I wail whatever my saliva brings to my tongue.

“Wolde Albrechts confessed that, as well as Chim, she had a devil named Jurgen with whom she copulated. Did you too copulate with Jurgen?”

“No… no…”

Wolde said the devil always lies on the woman’s left side. That his penis (Wolde said: dick) is ice cold. That copulation with the devil (Wolde said: screwing) is painful and that she knows no better pain.

“Ultimately, who taught you witchcraft? Wolde?”

“Yes… yes…”

 

Only witches’ eyes are covered. Judges are afraid of becoming enthralled. Judges know a surprising amount about the devil and his powers, about the devil’s servitors and imps and familiars. Judges have ideas beyond anything a witch has ever dreamed of. When did I become a witch? When I was first called one, not before. They want to know the exact day, the date, ideally the hour. Luckily I am old and my memory is fading. And I know what I must stick to: Lene Schmedes and Wolde Albrechts. Their stakes have cooled, their ashes scattered by the wind. But their memory lives.

“Earlier the accused admitted that she learnt spells from Lene.”

I can’t say a word more. I am a brutalised scrap of an old body. I have bregen, the brain of a butchered animal, as Widemanowa used to say.

“Master Joachim, please pull up the accused. Enough of these lies.”

I smell the scent of my own blood but don’t know where I am bleeding. Anguished, yet I still demand life. Why do I cling to it so? I am ill will, a terrible desire for harm, anger from the pain boiling under my skin. My life demands revenge. The wheel turns, my old bones groan.

Translated by Zosia Krasodomska-Jones

***

SYDONIA. LA PALABRA DADA

¡Un momento! ¿Qué es lo que tiene la acusada en la espalda?

Hindenborch se levanta y se acerca, se inclina, toca mis escápulas, como si yo fuera una yegua en la feria y dice sorprendido:

Es chepa.

La chepa que antes no tenía afirma Plonnies y sin separar su mirada de mi, le dice al escriba:  Anótelo.

Es la señal. El diablo la señaló toma la palabra el protonotario Petersdorf con seriedad.

El diablo lo estuvo ocultando asintió con la cabeza Plonnies.

No era el diablo sino yo, mis Metteke y hábiles sastres. Goletas que atraían la atención, el cabello derramado sobre la espalda, capas cortas, altos cuellos rígidos. ¡Estúpidos, que estúpidos sois!

¿Cuándo aprendió brujería?

¿Cuando aprendió a leer, doctor? ¿Y escribir? le imito para mis adentros.

Hace catorce años digo y giro la cabeza hacia ellos lo máximo que me permite la soga, para mirarlos y dirigirme a ellos.

Lo confesó oigo como comentan triunfantes. Sí, lo acaba de confesar.

Que el maestre le tape los ojos a la bruja ordena Teodor Plonnies.

Cierto. Acabo de convertirme en bruja. Gracias a las botas españolas y el potro, con mis propias palabras dije que sí, que lo era. Desde este momento mi mirada puede matar o atraer una maldición, o quién sabe que más.  Hay que cerrarme los ojos.

Joachim se inclina sobre mi. Qué bien que sea él. A pesar del dolor no quiero verles ahora. Solo con él puedo compartir mi martirio. Sus dedos son sutiles y tiernos, la banda negra se acerca a mi rostro, lo último que veo son sus pupilas dilatadas.

¿Dónde aprendió a hechizar la acusada?

En el convento digo. En Marianowo. Entre las doncellas del convento.

De otro modo no hubiera aguantado allí ni un día, esas brujas me habrían llevado a la muerte. Cuanto más lejos me encuentro de ellas mejor comprendo la raíz de las cosas que nos separaban y potenciaban su rechazo hacia mi. Mi alta cuna. El dinero, los letales gulden, pagados por mi infernal hermano con los que hice construir mi casa. Su estupidez y su rechazo de cualquier asomo de saber. No querían estudiar, las furcias del convento, de modo que preferían vejarme porque yo tenía demasiados libros.

 

¿El diablo Chim, además de causar dolor a vuestras víctimas, hacía algo más contigo?

Me consolaba digo con alivio.

¿Cómo?

Me dijo que quedaría libre.

Eso precisamente confiesan las brujas a menudo dice Plonnies dirigiéndose a los jueces, como si yo no estuviera aquí.

¡Liberada por la muerte! grito para sacarle de la comodidad de creer saber algo, comprender algo.

Alrededor de mí hay abismo.  Me engulle la negrura, caigo, caigo; deseo tanto dejar de sentir.

¿Como perjudicó la acusada a Trinie Pantels?

El recuerdo de aquella ladrona saca de mí algo de fuerza.

Le dí un remedio digo. Y después la ingrata de ella me robó el mantón.

¿Remedio? pregunta uno de ellos pero las voces se me confunden. Podría estar hablando el viejo príncipe Barnim, el fanfarrón Schwalenberg, el pelirrojo Flemming o también la Leona Sajona. Me da igual. Soy toda dolor. Aúllo lo que me viene a la lengua.

 

Wolde Albrechts declaró que, además de Chim, había otro diablo de nombre Jurgen, con el que fornicaba. ¿Usted señorita también fornicaba con Jurgen?

Noo… no…

Wolde dijo, que el diablo se acuesta siempre a la izquierda de la mujer. Que su pene (Wolde dijo: polla) está frío como el hielo. Que copular con el diablo (Wolde dijo: follar) es doloroso y que no conoce un dolor mejor.

Finalmente, ¿de quién aprendió brujería? ¿De Wolde?

Sí… sí…

 

 

Solo a las brujas se les tapa los ojos. Los jueces temen  ser embrujados. Los jueces saben asombrosamente mucho del diablo  y de sus poderes, de las siervas del diablo y los diablillos, familiares de las brujas. Los jueces tienen en sus cabezas cosas que las brujas nunca hubieran imaginado. ¿Cuándo me convertí en bruja? Cuando me llamaron así por primera vez, no antes.  Ellos quieren saber todo al detalle, conocer la fecha, y mejor aún, la hora. Por suerte soy vieja y todo se confunde en mi memoria. Y sé a qué atenerme: Lene Schmedes y Wolde Albrechts. Sus hogueran ya se enfriaron, el viento se llevó sus cenizas. Su memoria está viva.

 

Antes declaró que había aprendido la brujería de Lene.

No tendré fuerzas para decir una palabra más. Soy un pedazo mortificado de mi viejo cuerpo. Tengo los sesos, el cerebro como un animal degollado, como solía decir Widemanowa.

Maestro Joaquín, suba a la acusada. Se acabaron  las artimañas.

Siento el olor de mi propia sangre y no sé qué parte de mi cuerpo sangra. Estoy mortificada pero sigo revindicando vivir.  ¿Por qué tanto me aferro a la vida? Soy mala voluntad, el espantoso deseo de hacer daño, soy la rabia del dolor que hierve bajo la piel. Mi vida pide venganza. La rueda cruje, los viejos huesos aúllan.

Traducción: Elżbieta Bortkiewicz

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Marek Oleksicki, Tobiasz Piątkowski
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Marzanna Bogumiła Kielar
Ks. Robert Skrzypczak
Bronisław Wildstein
Anna Bikont
Magdalena Grzebałkowska
Wojciech Orliński
Klementyna Suchanow
Andrzej Franaszek
Natalia Budzyńska
Marian Sworzeń
Aleksandra Wójcik, Maciej Zdziarski
Józef Łobodowski

The work of Józef Łobodowski (1909-1988) – a remarkable poet, prose writer, and translator, who spent most of his life in exile – is slowly being revived in Poland. Łobodowski’s brilliant three- volume novel, composed on an epic scale, concerns the fate of families and orphans unmoored by the Bolshevik Revolution and civil war and … Continue reading “Ukrainian Trilogy: Thickets, The Settlement, The Way Back”

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Wacław Holewiński
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